A propósito de Cataluña: primeras lecciones

Tras dos legislaturas de Gobiernos tripartitos, artífices de una notable inestabilidad política, las elecciones de finales de 2010 configuraron un nuevo mapa político consecuencia de una clara victoria de Convergència i Unió -coalición que, en ese momento, representaba el catalanismo de centro y moderado. Dicho resultado posibilitó, después de siete años, un gobierno estable, decidido a inaugurar una nueva etapa de estabilidad y crecimiento, a pesar de las condiciones adversas con las que iniciaba su mandato.

Disponía, Cataluña, de un Gobierno fuerte, el llamado por Artur Mas «Gobierno de los mejores», con una agenda reformista que pretendía combatir la crisis económica y, a su vez, decidido a implementar reformas que abarcaban tanto el ámbito de la propia Administración como los de la escuela y sanidad catalanas, entre otros.

Cinco azarosos años después, diciembre del 2015, el actual escenario político catalán presenta una extraordinaria fragmentación con equilibrios sorprendentes. En él destaca:

  1. La pérdida de influencia y peso político del catalanismo clásico;
  2. La irrupción con fuerza de otros partidos políticos relativamente nuevos en la escena política catalana;
  3. Una sociedad muy dividida, enfrentada casi a partes iguales, entorno a la eventual ruptura entre Cataluña y España.

Los esfuerzos del Presidente Mas para superar la recesión se han saldado con éxito. Como en el resto del Estado, la crisis no ha sido vencida, pero se han dado pasos decisivos hacia su superación, sin que por ello quepa lanzar las campanas al vuelo. Por otro lado, el imprescindible ajuste presupuestario para salir de la crisis ha hecho pagar un precio muy elevado a la coalición de Gobierno. A todo ello debe sumarse las tensiones propias de la situación. El desencuentro progresivo con el Gobierno central para hacer frente a las crecientes dificultades y la necesidad imperiosa de justificar los recortes, ha comportado que, poco a poco, creciera la idea entre los catalanes de que un camino menos exigente y comprometido era posible. Para ello, parecía necesario dotarse de estructuras de Estado, primero y, a partir del 27 de septiembre, de un Estado propio.      

La obligación de cumplir con el déficit marcado por el Estado y considerado injusto por las Comunidades Autónomas agravó peligrosamente el clima de desafección del pueblo de Cataluña hacia el Gobierno del Estado español. Se le hizo responsable, en buena medida, de la asfixia financiera de la Generalitat y produjo una radicalización progresiva de una parte importante de la ciudadanía.

Desde el Once de Septiembre de 2012, hasta el Once de Septiembre de 2015 -pasando por el nueve de noviembre de 2014- se han producido, convocadas por las organizaciones independentistas y partidos del mismo signo, movilizaciones extraordinarias, todas ellas caracterizadas por el civismo y el orden. Estas manifestaciones han sido la expresión destacada de aquella radicalización.

Ante esta situación, no hace falta decir que el Gobierno español ha mantenido una posición inflexible, cerrada a cualquier tipo de negociación política. El Gobierno del Partido Popular ha privilegiado una lectura estricta de la Constitución y ha tenido la certeza de que el diálogo sería interpretado, por lo españoles, como una concesión a los catalanes, con resultados perversos para sus aspiraciones electorales.

Hasta aquí, una breve descripción de los hechos que explica cómo desde la Sentencia del Tribunal Constitucional del año 2010 a la propuesta de resolución independentista aprobada por el Parlament, el pasado once de noviembre, se ha vivido una situación que en términos clásicos podría considerarse de extraordinaria agitación política, por huir de expresiones más alarmantes.

Estas últimas elecciones marcan, en mi opinión, una inflexión en el escenario abierto en Cataluña y resulta imprescindible extraer algunas lecciones que nos permitan reflexionar:

Primera. Una eventual separación de Cataluña y España resulta, en buena medida, improbable. Si la misma la entendemos producto de la negociación, nada hace pensar que la dinámica pueda cambiar en los años venideros.

Segunda. Tal separación es poco menos que imposible con la actual correlación de fuerzas, sin que esto quiera decir que un cambio futuro en la misma pudiese comportar un desenlace diferente. Quizás el nuevo escenario político español, abierto tras las elecciones,  permita inaugurar una etapa de cierto diálogo.

Tercera. Cada vez que desde Cataluña históricamente se ha aventurado la separación de España, ha conllevado un desplazamiento hacia la izquierda, con la subsiguiente radicalización política y programática. El azaroso capítulo de los intentos de investidura del Presidente Mas y su desenlace son prueba inequívoca de ello.

Cuarta. Al desplazamiento del electorado hacia posiciones de izquierda, le corresponde un incremento significativo de las de centro derecha de signo antinacionalista.

Quinta. En este contexto, y atendiendo a las dos lecciones anteriores, el espacio del catalanismo centrista, moderado y transversal tiende a la desaparición. Consecuentemente, su reconstrucción política y organizativa deviene esencial para el presente y futuro del país.

Nuevas lecciones nos aguardan en los próximos meses.

Actualidad Económica, Enero de 2016



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