LIBERTAD DE ELEGIR. “Populismos. Ayer y hoy”. El Confidencial 06.05.17

El crecimiento de viejos y nuevos populismos en todo el planeta es un hecho incontrovertible. Con más o menos fuerza, con mayor o menor capacidad de movilización, siempre con programas extremos, los populistas mantienen una presencia relevante en Europa, EEUU y en Latinoamérica.

Las recientes contiendas electorales dan buena prueba de ello. Alemania, Holanda, Gran Bretaña, diversos países de América del Sur y EEUU son testigos de un ascenso indisimulable. Las elecciones francesas, a las puertas de la segunda vuelta, son otro capítulo del feroz combate que el populismo libra en todos los frentes. Estas luchas se han saldado con victorias y derrotas, pero la tendencia de fondo evidencia una constante progresión de estas fuerzas.

Los clásicos solían argumentar que el populismo era una receta aplicable en tiempos de crisis, para dar respuesta al miedo y a la desesperación de las clases medias y la pequeña burguesía urbana. Efectivamente, así fue durante los años treinta del siglo pasado y así ha sido con, notable, frecuencia en muchos países latinoamericanos. Aquellos analistas afirmaban que el proletariado nunca se sumaría a la bandera populista porqué disponía de fuertes organizaciones políticas que defendían con relativo éxito sus conquistas y reivindicaciones. En los países europeos también los campesinos tenían sus propios partidos que rechazaban, enérgicamente, la dinámica radicalizadora que esas corrientes políticas propiciaban.

Hoy el populismo abarca, más allá de la clase media, sectores muy importantes de los trabajadores que disponen de un balance francamente negativo de la experiencia de sus propios partidos de clase.

EEUU con Trump, Gran Bretaña con el Bréxit, Holanda con Wilders, Alemania con AfD, Francia con Le Pen, Maduro en Venezuela y Evo Morales en Bolivia, son un claro exponente de líderes y partidos transversales que apelan al conjunto de los ciudadanos, por encima de su pertenencia a una clase social. Llevamos años comprobándolo pero las campañas electorales del Presidente Trump y la candidata Le Pen son un buen ejemplo de cuanto digo.

Ciudadanos golpeados por la crisis, desconcertados ante las prácticas y resultados de la política convencional y desesperados por un horizonte lleno de incertidumbre, optan por superar la tradicional distinción entre izquierdas y derechas. La angustiosa precariedad, casi crónica, del mercado de trabajo y una avalancha imparable de información sesgada y, con demasiada frecuencia, contradictoria, posibilitan que los electores de la segunda década del siglo XXI vuelvan, hastiados y confundidos, los ojos hacia el fenómeno populista. La simplicidad de la respuesta ensayada por sus principales dirigentes, el esquematismo de las soluciones apuntadas y la imposibilidad material de contrastar sus propuestas programáticas convierten a una parte importante de la población en víctima de una estrategia antisistema e insumisa.

Resulta enormemente difícil contraponerse a esta agitada marea. Pero, o se está dispuesto a nadar contracorriente, o sospecho que la suerte puede estar echada. Si no es hoy, será mañana.

España es un caso particular. No hay populismo de derechas. Podemos y buena parte de lo que representa Catalunya Si que es Pot- no toda- es una muestra del tipo de populismo izquierdista que ha prosperado, recientemente, en nuestro país. Incluso, el lenguaje está, profundamente, contaminado. Se sostiene, como lo hacen muchos líderes políticos convencionales, que en España se debe librar una dura batalla contra el populismo de izquierdas y de derechas. Esta afirmación en sí misma es populista. Se desfigura el escenario, se desvirtúa el adversario, se yerra la estrategia y la táctica. Esta es una de las razones por las que el movimiento en el que se ha desarrollado Podemos, progresa, aunque con altibajos, en la política española. Nadie sale decidido a su paso. La contemporización parece una receta adecuada. Grave error.

¿Cómo combatir esta tendencia imparable, aparentemente? No hay otro camino que la firme defensa del pluralismo y las conductas democráticas. No hay atajos. Esta confrontación no debería postergarse. Con las proclamas bienintencionadas no se llegará muy lejos. Sólo desde la implementación de políticas audaces en los ámbitos económico, social y político se puede perfilar una alternativa que inspire confianza. Frente al simplismo y la demagogia imperantes sólo cabe proponer programas políticos realistas cuya eficiencia pueda ser, claramente, verificada por el electorado. El resto es, incomprensiblemente, una actitud piadosa.

También el derecho a la información queda profundamente menoscabado y deteriorado por el brutal auge del populismo. El alud imparable de falsedades, calumnias, descalificaciones y medias verdades, que cuenta en España con destacados voceros sepulta la información, el conocimiento y el discernimiento de la opinión pública. El resultado es catastrófico. La política correcta y la información fundamentada, transparente y veraz, son la única vía para detener la peligrosa desmembración de la sociedad y frenar su pesimista deriva.

Políticos, periodistas, analistas, educadores y creadores de opinión deben ayudar a que el conjunto de ciudadanos entienda que la sociedad está de nuevo en grave peligro. Este debe y puede ser conjurado. Las actitudes blandas, temerosas, complacientes e interesadas de muchos son la lacerante comprobación de la profunda implantación del fenómeno populista en las sociedades de nuestros días.

Gobierno de Donald Trump- Populismos. Ayer y hoy. Blogs de Libertad de elegir


LIBERTAD DE ELEGIR ” Un catalanismo no soberanista”. El Confidencial. 22.04.17

En el contexto político que vive Catalunya, descrito ampliamente, en artículos anteriores para El Confidencial, el Govern catalán y las fuerzas independentistas poseen un escaso margen de maniobra para continuar con su hoja de ruta. Paradójicamente, tampoco lo tienen para renunciar a la independencia. Teniendo clara la percepción de que la política del Gobierno español pone en una situación límite al Govern, el President Puigdemont tratará de convocar el referéndum. Más aún, en la última semana ha intensificado las reuniones y los acuerdos para cerrar filas. Se trata de disipar cualquier duda a la hora de actuar y demostrar que no hay discrepancias en el seno de los separatistas. Las hay, pero no se formulan, explícitamente.

El Vice-President Junqueras ha ido más lejos. Ha asegurado que en el caso de que el Gobierno español impida el referéndum, la Declaración Unilateral de Independencia podría ser la solución que desbloquee la actual situación. Esta posibilidad, ha recordado, forma parte del programa electoral de Junts pel Sí.

Aunque se cree en general que ante el abismo, los hombres suelen frenar, no siempre es así. A pesar de las dificultades que el cumplimiento de la mencionada hoja de ruta conlleva y las graves consecuencias que puede tener para la ciudadanía, si prestamos la debida atención a las declaraciones de los dirigentes independentistas, el referéndum se convocará, se celebrará y se ganará. Están en su derecho de pensarlo.

Es verdad,  que en privado dicen cosas diferentes, pero creo en la responsabilidad de los políticos de Catalunya y me guio por lo que dicen y hacen públicamente. He señalado, con un punto de reiteración, que la única alternativa para hacer frente a la delicada encrucijada sería una convocatoria anticipada de elecciones. Y puede hacerse, consensuadamente, entre todas las fuerzas políticas catalanas para posibilitar una nueva evaluación del estado de la cuestión. Se trata, una vez más, de que los ciudadanos decidan. No hace falta insistir en la idoneidad de este planteamiento.

¿Qué tipo de partido sería necesario para aportar elementos suficientes de racionalidad y compromiso en la hora presente? Pienso, como otros muchos catalanes, que resulta ineludible configurar con determinación un espacio político propio de un catalanismo no soberanista, que responda con inteligencia a los enormes retos de la segunda década del siglo XXI.  Un catalanismo que haya aprendido todas y cada una de las múltiples lecciones que se desprenden del largo Procés. Que, sin dramatismo, apueste por el autogobierno de Catalunya en un evolucionado marco de relaciones con España. Sabiendo que, en función de la actual correlación de fuerzas, ello pasa, obligatoriamente, por la negociación, el diálogo, la obtención y cesión de sólidas contrapartidas. Un nuevo clima para unas viejas aspiraciones.

Creo, sinceramente, que este espacio político responde al anhelo y las expectativas de miles y miles de catalanes que quieren lo mejor para Catalunya y no desean aventuras con finales inciertos. Son muchos los puntos de vista y los matices que configuran hoy la atinada respuesta que queremos dar los catalanes, pero el denominador común debería ser la imprescindible negociación.

Cinco años de enorme tensión política dan para demasiado y, poco a poco, se impone la certeza de que, probablemente, hemos ido muy lejos para llegar a ninguna parte.  Muchos de nuestros conciudadanos creen, que no se puede ni se debe seguir por este camino, y que esta no es la mejor manera de hacer las cosas.

El catalanismo no soberanista tiene un importante papel a jugar en España y en Europa. Respetando y siendo respetado por todos. Catalunya no obtendrá nada positivo ni durable de la mano del enfrentamiento, la bronca, la desobediencia y las declaraciones unilaterales. El fin nunca justifica los medios.

Se objetará que el Gobierno español no lo pone nada fácil. Es verdad.  Se dirá que se han dado escasas oportunidades y que sus actitudes políticas han sido, a menudo, desafortunadas. Es cierto. Pero en política, no hay otro camino que la dura negociación, el diálogo cordial, la aceptación indiscutible de la ley y el compromiso político. Muchos de los dirigentes del independentismo catalán parecen creer que hay otra solución posible: la revolucionaria. Desgraciadamente, se sienten tentados de llevarla a cabo.  El hipotético desenlace de una orientación revolucionaria, antisistema y anticapitalista llevaría a los catalanes a un estruendoso fracaso. Se ha andado parte del camino de la mano de la CUP y debe ser desandado.

Todos los argumentos deben ser escuchados y todos merecen respeto, pero sospecho que una amplia mayoría del pueblo catalán no desea un estado propio a cualquier precio. Es imprescindible alumbrar un catalanismo no soberanista que consiga una intensa autonomía para Catalunya y encabece un gobierno que se dedique a gobernar, dia a dia, con la vocación de encontrar puntos de acuerdo, más allá de la inacabable controversia política.

Esta es la tradición política del mejor catalanismo. Es una manera de entender el país y desarrollar su relación con el resto de ciudadanos de España. El catalanismo que pone en el centro de su visión y acción políticas la creciente prosperidad de los catalanes e impulsa las medidas que garantizan la libertad y el orden. Hay otras alternativas, pero, personalmente, no me convencen y me temo que, colectivamente, abren una vía por la que no quisiera que mis conciudadanos se viesen obligados a transitar.

Independencia de Cataluña- Un catalanis…beranista. Blogs de Libertad de elegir


Punt de Partida. La Vanguardia 05.04.17

Els divuit mesos previstos en el full de ruta del Govern per a declarar la independència unilateral de Catalunya s’han  acomplert. Excepte la CUP i moderadament, ningú ha pressionat al President Puigdemont i els seus aliats en cap sentit. S’ha imposat  una tensa prudència. Malgrat tot, el temps polític s’esgota. S’atansa indefugible el desenllaç.

No he dubtat mai que en Puigdemont convocarà el referèndum. És home de paraula i ho farà. Crec, tanmateix que no es celebrarà. Sospito, des de fa mesos, que l’actual correlació de forces, Govern-Gobierno, ho farà impossible. Ja es veurà.

La no celebració de la consulta comportarà, més aviat que tard,  la convocatòria anticipada d’eleccions. Quan? Quasi amb tota seguretat aquest mateix any 2017. En quin escenari? Encara no ho sabem. Però l’avançament dels comicis és la darrera sortida política que li resta a Junts pel Sí.  Anirem a una nova comtessa electoral on hauria d’ésser possible, perquè és necessari, que el catalanisme de la segona dècada del segle XXI – que no és independentista –  hi fos present. Seria una pèssima noticia que un espai de centre, avui incomprensiblement abandonat, no trobés un referent sòlid que ajudés a canviar de soca-rel l’actual estat de coses a Catalunya i la perillosa deriva que s’albira.

Penso en un tipus de catalanisme liberal i humanista que, apostant per la llibertat i  l’ordre, impulsi noves majories parlamentaries que governin al servei de tots els ciutadans. Es tracta de dedicar el millor de les nostres forces i capacitats a ocupar-nos amb rigor de la gestió pública.  Una força política que, conscient del transcendental moment que viu el país, tracti de superar positivament l’orfandat que sent una part important de l’electorat, desconcertada per la dramàtica evolució de la situació en aquests darrers anys. Tot sabent, que res tornarà a ésser com abans i mirant la nova realitat cara a cara.

Una nova formació que aposti per un exigent autogovern obert a tothom. Liberals, humanistes i europeistes decidits a lliurar un inaplaçable combat polític contra l’esquerranització i l’antisistema rampants que acabaran per arruïnar Catalunya.  Ara bé,  aquest nou partit que ha de néixer,  no té comptes polítics pendents amb ningú,  ni adversaris que no hagi de respectar seriosament.

Hem d’haver après les lliçons polítiques que el Procés ens ha ensenyat a bastament. Ens convindria no caure de nou  en l’actitud, un punt immadura, de creure que tot allò que volem no només és imprescindible, i a més, sempre és possible. Hauríem d’acceptar que en política es progressa des de bases sòlides amb majories molt qualificades. Construir junts vol dir saber, que negociar en condicions amb un Estat que no dona, ni donarà facilitats, exigeix determinació, intel·ligència i una constància imbatibles.  Saber que la partida que juguem és de més llarg recorregut. Vet ací on rau l’autèntica legitimitat.

Quan pensem en un nou partit, proposem una innovadora estructura organitzativa transparent i moderna, que, alhora, protagonitzi una resposta ferma amb la voluntat de dialogar i acordar malgrat les conegudes dificultats de fer-ho. No conec cap altre camí si es vol respectar la llei i avançar democràticament. Està demostrat que les dreceres no serveixen. Cal l’esforç de dones i homes  compromesos, implicats, convençuts que només la lluita intel·ligent i pacient paga. En aquesta orientació, els joves han d’estar en la primera fila d’aquest designi amb l’entusiasme entregat,  renovador i refrescant que els caracteritza.

Serà l’hora de tots aquells votants que desitgin un país nou i vell alhora,  maldin per conservar i enfortir les nostres millors tradicions polítiques i respectar els nostres principis.  Lluitant desacomplexadament per l’esforç, el mèrit, el compromís, la convivència i la cordialitat imprescindibles per a que el país progressi i la prosperitat,  reduint les desigualtats, arribi a tothom.

Caldrà el suport de milers de catalans que pensaven fins no fa massa que la independència resolia bona part dels nostres problemes i  que ara accepten, molt decebuts,  que han d’ajustar de nou la mirada i fer de la política amb majúscules,  l’autèntica eina de transformació del nostre país.

Hem de respondre dels antics somnis amb realisme i eficiència. Podem donar una passa endavant aprenent del que hem viscut tan intensament. I ho podem fer esperançats, sense vençuts, ni rendits  i sense rancúnia. Encara hi som a temps. Volem caminar junts i es pot fer, construint un país confiat i amb oportunitats per a tots.

Per a molts de nosaltres, catalanistes provats,  és un punt de partida cap a un present més promissori pels catalans. Son, en definitiva, els qui tenen la darrera paraula.

Punt partida. La Vanguardia


LIBERTAD DE ELEGIR ” Pasar página”. El Confidencial. 01.04.2017

Implacablemente, los plazos se cumplen. El tiempo se acaba. Han transcurrido ya los dieciocho meses previstos en la hoja de ruta del Govern para proclamar, unilateralmente, la independencia. Por supuesto, nadie –excepto la CUP- ha levantado la voz. Tampoco nadie  ha formulado preguntas incómodas. Este es el estado de ánimo: del entusiasmo de una apretada mayoría parlamentaria independentista a la incertidumbre y desconfianza crecientes.

Esta semana hemos conocido la última encuesta del Centro de Estudios de Opinión (CEO) –institución que depende del Govern de la Generalitat. Hemos sabido que el secesionismo ha retrocedido cuatro puntos y el número de diputados de Junts pel Sí sumados a los de  CUP, probablemente, estará por debajo de la mayoría absoluta de escaños. Así sería,  si las elecciones se convocaran en las próximas semanas. A mi juicio,  esta tendencia se acentuará a medida que transcurran los días.

He comentado, reiteradamente, cómo la lógica de las elecciones acabará imponiéndose como sustitutiva del referéndum, quizás convocado, pero no celebrado. El callejón sin salida de la apuesta separatista  tiene un horizonte insalvable: la más que probable convocatoria de elecciones. Sostengo que miles de electores en Catalunya buscan ahora mismo una referencia política de moderación y equilibrio para poder votarla. Los datos de la encuesta arriba mencionada reafirman solidamente esta percepción.

Es verdad que el contexto en el que se celebrarán los próximos comicios será de notable tensión. Desconocemos el alcance y la intensidad de las movilizaciones que el President Puigdemont y su Gobierno esperan que se produzcan. Es cierto, no obstante, que ante las inhabilitaciones al President Mas, la Vice-Presidenta Ortega y la Consellera Rigau, la respuesta popular no se ha materializado en absoluto. ¿Descarto futuras manifestaciones con una elevada participación de la ciudadania? Aún no. Pero, posiblemente, éstas no se producirán; a no ser que el Gobierno de España cometa algún error grave e irremediable.

Aún así, el debate se realizará con un contenido, explícitamente, plebiscitario. Volveremos a un manoseado planteamiento de independencia – antindependencia. Prácticamente, todos los actores políticos desean este escenario. No hace falta que diga,  que no comparto esta perversa aspiración de unos y otros. Me niego a aceptar la siniestra tesis de que cuanto peor,  mejor. No es eso lo que conviene a los ciudadanos de Catalunya. Creo, sin embargo,  que hay un camino que sí responde a las inquietudes de un electorado muy amplio, que aún se expresa, timidamente, pero que puede jugar un papel decisivo en los próximos meses.

¿A qué parámetros responden estos votantes? Tienen claro que conviene situar a Catalunya en el post-procés, de una vez por todas.  Asumen que hay que gobernar, y que debe hacerse desde la perspectiva de políticas liberales, humanistas, de cambio y modernización. Y al tiempo, aspiran a dar una respuesta a la preocupante izquierdización que padece el país. Catalunya Sí Que Es Pot i la CUP, como actores principales de la izquierda, con perfiles distintos y programas diferenciados, se complementan en muy buena medida.

La contestación generalizada, la desobediencia injustificada y el desorden que padecen los ciudadanos requieren de una respuesta firme y determinada de todos aquellos que saben que el catalanismo político del siglo XXI  representa la mejor y más eficiente tradición de gobierno  del país. Y han decidido que la aventura de la independencia, a cualquier precio, en capitulos sucesivos,   ha de terminar. Este voto debe rezorzarse con el de aquellos catalanes soberanistas que, bienintencionadamente, han apostado –con mayor o menor entusiasmo- por la separación de España,  pero que ahora  reconocen que este camino tiene un fatal recorrido y un pésimo desenlace. Más aún, intuyen que la bandera del independentismo, de espaldas a la actual correlación de fuerzas, es la insiginia de la inevitalbe  y próxima fustración política de cientos de miles de catalanes.

Habrá que ir a las elecciones con la serena convicción de que se puede pasar página y se debe leer y protagonizar otra nueva. Y para hacerlo,  en este complejo y tensionado tiempo político, sólo la moderación del catalanismo y la voluntad para decir bien alto: “así no, así no” puede propiciar un nuevo período. No me parece posible que otra apuesta sirva para encauzar constructivamente las energias del país,  en un momento clave y delicado de nuestro proyecto europeo.

No hay motivo alguno para ceder a la desesperanza. Créanme, ninguno. Sólo la apuesta política desacomplejada e ilusionada por el impulso de lo más preciado de la tradición catalanista servirá para iniciar una brillante etapa del devenir de Catalunya.

 Pasar página. Blogs de Libertad de elegir


LIBERTAD DE ELEGIR. “Tempus fugit”. El Confidencial. 18.03.17

No es una novedad afirmar que la situación política en Catalunya es poco menos que explosiva. Resulta innecesario entrar en detalles. Conviene, no obstante, destacar que las sentencias del 9N, el desarrollo del cas Palau, la creciente tensión en el Parlament y el complejo horizonte judicial que se avecina problematizan el escenario.

El Govern catalán y los partidos independentistas se presentan como víctimas de un contexto político adverso.  Presuntas víctimas. Y, juntamente, con la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y Ómnium elaboran posibles mapas futuros. Esta semana hemos conocido la nueva hoja de ruta de la ANC. Una apuesta sin matices por la ruptura definitiva. En todas las hipótesis de trabajo, la respuesta de la ciudadanía, entendida como movilización popular, es la auténtica medida de todas las cosas. El agotamiento del tiempo de la hoja de ruta aprobada por el Parlament es el elemento clave. Se toma dolorosa conciencia de la irreversibilidad del tempus fugit

La apuesta organizativa más relevante de esta estrategia política radica en aprobar la Ley de Transitoriedad Jurídica y convocar, al mismo tiempo, un referéndum amparado a la nueva legalidad catalana. Hoy no hay un plan B ante cualquier eventualidad que implique la no celebración de la consulta refrendataria con efectos vinculantes. Ése es el discurso oficial y en eso cree una amplia mayoría de dirigentes independentistas. Ahora bien, convocar un referéndum no supone necesariamente celebrarlo.

El reto exige responder a unas preguntas esenciales: ¿Cómo actuará el Gobierno español? ¿Cometerá algún error grave con consecuencias trascendentes? ¿Podrá un cúmulo de errores justificar la exhortación, por parte del Govern catalán y de las fuerzas parlamentarias que le dan apoyo, a movilizarse en defensa de una supuesta dignidad nacional maltratada? Ahí reside la cuestión fundamental para entender qué sucede hoy y qué puede ocurrir en las próximas semanas en Catalunya.

No aventuro aquí ni la conducta del Gobierno español, ni la eventual respuesta de sus antagonistas del Govern. Nadie tiene suficientes elementos de juicio para evaluar hasta qué punto, unos y otros, pueden mantener el envite hasta el final. Buenos conocedores de la estrategia gubernamental sostienen que el Presidente Rajoy no caerá en esa trampa y no cometerá errores de calibre. La política tejida de emociones y sorpresas no es un campo abonado para los augurios.  Ya se verá.

No obstante, sí podemos analizar aquí las diferencias que, entre los socios de Junts pel Sí, van adquiriendo carta de naturaleza ante una situación tan extrema. Republicanos e independentistas persiguen el mismo objetivo común: la separación de Catalunya, su independencia. Creen, firmemente, en su necesidad histórica, y batallan para conseguirla cuanto antes.

Sin embargo, el PDeCat tiene que hacerlo con las manos atadas a la espalda. Los juicios que afectan a dirigentes principales, las condenas por inhabilitación al President Mas, la Vice-Presidenta Ortega y la Consellera Rigau y la imposibilidad de que Artur Mas sea el candidato del PDeCat en las próximas elecciones, les desconcierta y les paraliza.

¿Ir a unas elecciones anticipadas? Sí. Hacerlo con una fórmula parecida a la de Junts pel Sí? No. ¿Con qué candidato/a? No hay por ahora respuesta. ¿Cuál podría ser la situación del PDeCat en unas elecciones anticipadas, celebradas, como muy tarde, en otoño? Esta última pregunta pesa como una losa sobre los dirigentes nacionalistas.

Por otra parte, ERC, vive una tensión de naturaleza distinta. La convivencia en el Govern con el PDeCat, heredero autoproclamado de la vieja CDC, se revela cada vez más inconveniente y menos deseable. Las bases militantes republicanas exigen, rotundamente, el referéndum, su celebración, distanciarse a tiempo del PDeCat e ir después a unas elecciones anticipadas. El candidato Junqueras las podría ganar y es, plenamente, consciente de ello. Probablemente, esté valorando el grado de maduración de las condiciones objetivas que le garanticen su victoria electoral. Éstas no pueden pudrirse con el inapelable discurrir de los meses. El tempus fugit deviene, implacable, un peligro notable para la consecución de una victoria holgada de ERC. Debería ser pues conjurado.

Ambos partidos apoyan el referéndum. Por supuesto. La convocatoria del mismo resulta inevitable. La percepción de la respuesta del Gobierno español es discutible. Pero para ERC ganar las elecciones es el gran objetivo no confesado. Creen que, con toda probabilidad, la independencia llegará de su mano en un futuro no muy lejano pero todavía hay muchos obstáculos que superar. La competencia por la hegemonía del espacio de centro – izquierda, es uno más a salvar. En ese contexto, la contrastada pérdida de las expectativas electorales de los ex convergentes es capital para el proyecto de Junqueras. Nada nuevo bajo el sol. Es más, se comprende que así sea.

La dialéctica bascula entre la convocatoria del referéndum y cuándo será posible celebrar elecciones anticipadas. Y se ha de poder hacer, sin que la ciudadanía tenga la sospecha de que se ha renunciado a las más firmes convicciones independentistas. Hablé de ello en el último artículo para El Confidencial.

Si quiero señalar, que intuyo que cada fuerza política – PdeCat y ERC-   desde su particular óptica, pretende disponer de un buen pretexto para que, convocado el referéndum, se pueda aceptar su imposible celebración y mantener, no obstante, las máximas expectativas desde el punto de vista electoral. El problema entre los independentistas radica que lo que es recomendable para ERC es pésimo para el PDeCat. La prudencia y la cautela que observamos desde hace semanas en la mayoría de dirigentes independentistas responden a esa íntima preocupación. Todo adquiere un tinte más dramático cuando se comprueba que el tiempo, inasible, se acaba.

 Tempus Fugit


Resta encara marge de maniobra? – La Vanguardia – 09.03.17

No cal que repetim, per conegudes, les principals característiques de l’escenari polític català. Els seus perfils estan clarament definits. Caldria però, assenyalar que l’informe del Consell de Garanties Estatutàries rebla el clau. La resposta del Govern i dels partits que li donen suport, també. Aquesta està en consonància amb el discurs inequívocament independentista de referèndum si, o si. La interpretació que fa el President Puigdemont i Junts pel sí és força discutible. Però Puigdemont no enganya a ningú. El referèndum es convocarà així s’ensorri el món.

Sabem que en política el temps és més important que en gramàtica i s’està, literalment,  acabant. El Govern català camina endavant, decidit i confiat. El Govern espanyol, cautelós, espera esdeveniments. L’esforç brutal recau sobre el Govern català.  L’espanyol administra el temps amb un desgast menor.

Junts pel sí fia la seva sort i la del país a l’eventual resposta del poble català. Els  judicis pel 9N, l’abast del cas Palau i el fracàs d’una negociació que mai ha existit graviten sobre la ciutadania, dia rere dia. La lectura que de tot plegat acabin fent els catalans condicionarà el termòmetre de la mobilització popular. Uns i altres tenen esperances  fundades de quant pujarà o baixarà la temperatura. El desenllaç final és tanmateix opinable. Vostès jutjaran. És un futurible difícil d’avaluar. Sostinc que, sigui quin sigui, el nivell de la resposta abans esmentada, la convocatòria del referèndum es produirà.  Es farà quan la Llei de Transitorietat Jurídica sigui votada. La iniciada reforma del reglament del Parlament per a poder votar la independència exprés es una mostra inequívoca. Injustificada políticament, però tota una declaració d’intencions.

La resposta espanyola a l’aprovació de la desconnexió serà contundent. El referèndum es convocarà però  no es celebrarà. Em poden creure si els hi dic, que aquesta és una constatació prudent i ben intencionada. Potser equivocada? Es veurà.

Davant d’un escenari presumiblement advers que doni com a resultat la  no celebració de la consulta, hi ha cap alternativa? Crec que si. Cal que cremem totes les naus en l’envit? Sincerament, penso que no. No ens convé. Què es pot fer llavors? No ho  comparteixo gens, però entenc, que el President de la Generalitat, tot respectant  la paraula donada, convoqui el referèndum. Modestament, suggeriria que ens ho estalviéssim  però sospito que això no passarà.  Quan succeeixi, s’hauran d’avaluar les conseqüències immediates i mediates. Caldrà fer-ho amb prudència i serenor. El Govern català haurà de plantejar-se, si disposa o no,  del marge de maniobra suficient. Ells ho sabran millor que ningú. Si pogués fer una sola recomanació seria la següent: no s’encerclin en la ciutadella, obrin,  en la mesura que puguin, finestres d’oportunitat.  Una de molt  important és conservar la potestat – avui per avui indelegable- del President de la Generalitat per a dissoldre el Parlament i convocar eleccions anticipades. Disposar-ne per exercir-la.

Si, finalment, ho fa, el Govern haurà d’explicar als nostres conciutadans el complex context polític en el que es pren la decisió. Clarament, sense subterfugis. Caldrà confiar, aleshores,  en el poble de Catalunya. Ell ens dirà, segur de si mateix,  el que cal fer.  El que, com a subjecte sobirà, vol,  tot marcant el camí en el que ha de discórrer la propera legislatura. Facin-li cas.

Si s’expliquen les coses bé, si es mesura amb fredor  la correlació de forces, si s’analitza el marge de maniobra i s’opta per a la convocatòria de les eleccions, hauran de  fer-ho amb tranquil·litat d’esperit. Parlant amb respecte als nostres conciutadans. Ningú  els acusarà de rendició, traïció o d’ensulsiada. Per ser més precís, ho faran els de sempre. Només una condició resta decisiva. Els partits polítics independentistes hauran d’adoptar aquest acord amb peu d’igualtat i tots a una. S’evitarà així que la hipotètica responsabilitat d’un desenllaç no volgut, recaigui acusador sobre un partit o un altre.

Tindrem temps per endavant per a reflexionar, repensar primer i actuar després. I ho podrem fer tots junts. Independentistes, catalanistes i unionistes condicionats pel que el  poble de Catalunya hagi decidit electoralment. Els catalans ens obligaran a fer-ho.  Tindrem el vell mandat o un de nou. Indiscutiblement, haurem entrat en el post-Procés

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LIBERTAD DE ELEGIR. Desobedientes. El Confidencial 04.03.17

Uno de los elementos que caracteriza la actual situación en Catalunya es la creciente izquierdización de los usos y hábitos de su vida política. He tenido la oportunidad de advertirlo, reiteradamente. El instrumento más poderoso de esta tendencia es la desenfadada generalización de la desobediencia civil.

En estos últimos meses, se han prodigado múltiples actos de contestación por todo el país. Es cierto, que los dirigentes y cargos públicos de la CUP protagonizan la ofensiva. Pero también lo es, que el resto de fuerzas independentistas no se han opuesto, ni mucho, ni poco. El PDeCat y ERC han bendecido con su silencio el auge de la respuesta anticapitalista de los cuperos. La opinión pública catalana asiste con un punto de indiferencia a la batahola que el continuo alboroto genera. No es que no preocupe este hecho, es que, en buena medida, la actitud de desobediencia y su corolario político se da por descontada. Es un proceder amortizado.

Los ciudadanos asisten a una representación dónde, definitivamente, se ha impuesto la máxima de que el fin justifica los medios. Los partidos soberanistas que persiguen sus declarados objetivos, aceptan que la desobediencia es un medio útil para progresar políticamente y, al final, es la única vía para, despreciando la legalidad vigente, enfrentarse al Estado español.

El peso de la actuación del Govern entorno al Procés es tan asfixiante que el resto de consideraciones de orden programático apenas tiene relevancia. El Procés y su eventual desenlace cercano ocupan todo el relato político en Catalunya. Se sostiene que formular críticas como las que apunto, debilita inapropiadamente el frente único de la reivindicación soberanista y abre grietas en la respuesta unánime que debe darse al Gobierno español, si se quiere forzar la negociación. Es un modo de verlo que no comparto.

Hay que explicar que la desobediencia civil, más o menos generalizada, es para los independentistas una anécdota si se tiene en cuenta el fin supremo que se persigue: el Estado catalán.

En este orden de cosas, estamos viviendo un episodio transcendente. Junts pel Sí ha decidido cambiar el reglamento del Parlament de Catalunya para que la Ley de Transitoriedad Jurídica pueda tramitarse por la vía de urgencia. Resulta imposible entender y aceptar que un proyecto de ley que, se considera decisivo para el futuro de la nación, sea guardado primero en los cajones y después tramitado por una supuesta vía de urgencia. Es inaudito que los instrumentos jurídicos para la desconexión no sean, a estas alturas, conocidos por la oposición.

Sorprende observar como diputados que representan una parte significativa del electorado catalán, se ven obligados a reclamar su derecho a discutir este proyecto de ley en condiciones y con garantías democráticas. No comprendo, como los diputados de los partidos que conforman el Govern – Junts pel Sí- pretenden eludir el debate parlamentario entorno a una iniciativa capital. Si sus convicciones para la defensa de la independencia son sólidas y consistentes, el debate en sede parlamentaria es una gran oportunidad para convencer de su propósito a la ciudadanía catalana. Si los argumentos pro-secesión son justos y fundamentados, ¿por qué no sostener un debate de altura en el Parlament? ¿Por qué abrazar una vía que rehúye la discusión de ideas políticas?

En este complejo contexto, la CUP va a la suya. Agita la calle, dia si, dia también, con el propósito de que la presente situación – que en diversas ocasiones he caracterizado de prerrevolucionaria- progrese en la línea de poner todo el sistema patas arriba. Para ellos, el Estado propio es un buen pretexto para subvertir, sin concesiones, el orden democrático.

Su última campaña con las correspondientes huelgas de estudiantes en torno a la subida de las tasas universitarias ha generado actos violentos en los campus. El disparatado lema “Las libertades individuales se supeditan al interés colectivo” no necesita de ningún comentario adicional.

La desobediencia así practicada, es un instrumento al servicio de la revuelta. Por supuesto, un instrumento político. Con él se pretende denunciar e impugnar, una vez más, las bases de nuestro sistema de libertades. Una aspiración por otra parte, absolutamente normal para una organización de naturaleza revolucionaria. Poco que debatir respecto a las pretensiones políticas de la CUP. Sorprende, en cambio, la aceptación, en ocasiones tácita y, en otras, explícita de los partidos que sostienen el Ejecutivo catalán. La mayoría de sus dirigentes aceptan, resignados, la desobediencia como método y buena parte de los mismos admiten que, al final, sólo la desobediencia con mayúsculas posibilitará una declaración unilateral de independencia.

Mientras tanto, el consentimiento por parte del PDeCat y ERC de la actividad de los desobedientes responde a un preciso cálculo político. Éste tiene que ver con el grado de ebullición del termómetro de la respuesta nacionalista. Subirá o bajará en función de las esperadas movilizaciones populares. Así están las cosas. Se espera con un punto de inquietud que el resultado de los juicios del 9N anime la respuesta de la ciudadanía en la calle. Y si ésta es notable, el Gobierno español se verá obligado a tomar buena nota de ello y actuar.

La cuestión fundamental reside en obligar al Estado español a algún tipo de negociación que permita la celebración del referéndum o abra nuevos escenarios que justifiquen su no celebración. Para este fin, la desobediencia deviene esencial.   Y tiene además un valor no menor. Las movilizaciones populares y un grado de desobediencia instalada en la ciudadanía podrían propiciar un error grave en la respuesta que el Estado se vea constreñido a dar ante una situación tremendamente complicada.

En estas expectativas se concentra buena parte del éxito de la estrategia secesionista. No hace falta que añada que la estrategia del Gobierno español se basa, por el contrario, en una actuación que imposibilite que los independentistas aprovechen la respuesta inadecuada.

En definitiva, que condicionados, unos y otros, por este endiablado escenario político, el diálogo, la negociación y el acuerdo son poco menos que una fantasía con la que alborotan todos.

La desobediencia no disminuirá. Sucederá lo contrario. El referéndum no se celebrará. En mi opinión, lamentablemente, tampoco se avanzará en negociación alguna. Parecería que está escrito que ambos trenes se acercan imparables al choque definitivo. Y sin embargo, aún no es así. El desenlace está en manos de la ciudadanía. La respuesta política que los ciudadanos catalanes den en estas próximas semanas, llevará indefectiblemente, a una nueva convocatoria electoral anticipada. No hay una vía alternativa. Sólo en esta clave podrá reinterpretarse el post-Procés.

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